Toda la vida de Dari fue un regalo. Desde antes de su concepción fue buscada y esperada con amor, a pesar de todo pronóstico que se generó a mi alrededor, teniendo en cuenta la edad que tenía al momento de enterarme que ella venía. Cumplía exactamente 40 años. Fue el día de mi cumpleaños cuando la vi por primera vez a través de una ecografía. Ya este hecho presagiaba que ella se trataba de un presente divino.
A los 38 años tuve una pérdida de un embarazo que prácticamente fue inesperado, pues me habían diagnosticado endometriosis fuera del útero, el cual no fue extraído en su totalidad. Ante ese hecho, acepté la idea de que ya no volvería a ser madre. Ese bebé vino a sanarme, lo digo así, porque luego del legrado, se comprobó que la endometriosis se había desintegrado. En ese momento, sumida en el dolor y el duelo no entendí. Hoy con más conciencia sobre mi vida, estoy convencida de que esa pérdida que generó tristeza y una herida a mi corazón curó mi cuerpo, y lo preparó para la llegada de Dari.
Fue así que tomamos la decisión de buscar un bebé, el cual como ya lo dije, fue esperado, con amor. El anuncio de ese bebé generó alegría a mi alrededor, también un poco de temor, teniendo en cuenta el aborto espontáneo sufrido, y mi edad en ese entonces. Quería darle a este bebé, un nombre significativo, y me puse a buscar nombres de origen eslavo, de donde también era originario el apellido de Raúl.
En la búsqueda, me encontré con el nombre DARINKA, cuyo significado es regalito de Dios, en lengua yugoslava. Desde ese momento me cautivó, porque era eso lo que ella era, yo la veía como un obsequio que venía a sanar la herida anterior.
El primer regalo (milagro) de Dari, lo recibí el día más triste de mi vida, el día de su velorio, cuando conocí al Pa´i Caravias. Siempre sentí mucha admiración por él, y no lo había conocido en persona. Llegó en el momento en que pensaba que mi vida acababa. Apareció y con su abrazo sentí también el abrazo de Dari que me sostuvo, como lo mencioné en el post anterior. Me dijo que yo era la madre de una santa. Obviamente en ese momento pensé que eran simplemente unas palabras de consuelo, que como otras personas expresaron ese día. Ahora comprendo lo que quiso decirme con eso, ya que él creía que las personas que tocaron significativamente la vida de uno merecían ser santos. Quien más que mi pequeña, la indicada para ser considerada así.
Casi un mes después de la muerte de Dari, Raúl debía viajar a Madrid, a recibir un premio en representación de su empresa, que con mucho esfuerzo lo había ganado. Antes de nuestro evento luctuoso estaba muy emocionado con dicho viaje. Él había decidido no ir. No me parecía justo, pero en el fondo de mi alma no quería que se fuera, en ese entonces me aterraba la idea de estar sola.
Fue así que surgió la propuesta de la empresa de enviarme con él a ese viaje. Lo curioso de todo esto era que Raúl ya tenía el pasaje y el hotel reservados. Incluirme en ese viaje implicaba que tal vez no iría en el mismo vuelo, y mucho menos conseguiría un asiento próximo a él. Y aquí aparece el regalo: Uno de los pocos lugares libres que había era justamente a su lado. En menos de una semana ya tenía un viaje totalmente organizado, como un milagro inesperado.
Me embargó un tsunami de emociones, por un lado, el dolor de la ausencia de Dari, con la suma de la angustia de dejar a mis niñas, pensando que si no estaba tal vez les pasaba algo, ahí el miedo jugaba con mi cabeza. Si bien ellas desde el principio apoyaron la idea e insistieron enfáticamente para que viajara junto a su papá, yo no estaba tranquila.
Creo que en esos momentos yo representaba más una preocupación para ellas y mucho más sabiendo que Raúl no estaría para contenerme, tal vez necesitaban un respiro de mi tristeza. Se armó una confabulación armónica entre mis hermanas, mi cuñada, mi suegro, en fin, toda la familia, quienes estaban pendientes de todos nosotros. Lo que hizo que pueda tomar la decisión finalmente de viajar con Raúl.
Sentía cierto regocijo de ir a conocer Europa y un primer viaje solos, desde nuestra luna de miel, y tal vez con la esperanza de ver a personas a quienes no veía desde hace varios años. Me comuniqué con unos amigos con quienes no hablaba desde hacía más de 20 años, si teníamos contactos ocasionales por las redes sociales. Mi sorpresa fue la alegría de ellos al saber que nos encontraríamos, me recibieron como si nunca hubiéramos dejado de hablar.
Uno de ellos me enseñó todo lo bello de Madrid. Ahí pude ver a través de sus ojos cómo la belleza y el arte pueden generar tanto estupor y amor que por unos momentos pude sentir que detenía la intensidad del dolor. Gracias a ese amigo comprendí el significado de dos frases “La belleza salvará al mundo”. También una frase del Papa Francisco: “Es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso en el momento de la muerte”. Es así que esas horas de paseo me hicieron recordar que el mundo está lleno de maravillas a pesar del sufrimiento de la ausencia.
Luego me encontré con una amiga, a quien deseaba ver con ansias, pues ella también sufrió la pérdida de su niña. Nuestro encuentro fue marcado por mucha ternura, sin decirnos nada nos fundimos en un abrazo, lloramos juntas y conversamos de esas heridas abiertas que seguían sangrando en nuestros corazones.
No sólo hablamos de quienes partieron y dejaron una huella imborrable, sino que juntas nos brindarnos consuelo ante algo totalmente ilógico. La muerte de su bebé había ocurrido hacía años, aunque parezca extraño, eso me dio esperanza, porque a pesar del dolor la vi entera, y fue como una sacudida a mi realidad, pues me mostró todo lo que yo tenía, a Raúl, a las niñas, a mi familia y amigos. Porque ella estaba sola en un país extraño, portando esa llaga que le recordaba lo que perdió.
En ese viaje, a pesar de estar en el camino del duelo, saltando de una etapa a otra, fue sanador para mí, me mostró las caras del amor y el dolor, como una moneda, que constantemente era lanzada para saber con qué rostro iba a enfrentar ese día la vida.
Así como ese viaje, fueron innumerables los regalos que recibí desde el cielo. En los momentos en que se presentaron no los pude identificar así, pero ahora con esta nueva conciencia, sé perfectamente de donde vinieron y por qué ocurrieron. Me regaló días de disfrutes con la familia, con los amigos, incluso nuevos amigos, y reencuentros con quienes tenía una marcada distancia.
Otro regalo muy significativo fue poder aprender sobre la Tanatología, justo en el momento de más incertidumbre que atravesábamos todos a nivel mundial, en plena pandemia. Y conocer a quien me sigue acompañando en esta aventura de crecimiento personal. Así también el coraje para embarcarme en la hazaña de escribir contando lo que nos pasó, y cómo a partir de este testimonio honesto poder ayudar a quien lo necesite.
Muchos regalos llegaron e hicieron que comprenda el valor que tiene la vida, y que la misma debe ser transitada de manera atenta, como ese viaje, el cual lo hice disfrutando detenidamente de cada paisaje y observando y escuchando atentamente a quienes me acompañaban.
Estos regalos para mí son los verdaderos milagros, que se encuentran en la cotidianidad, porque cada día es un milagro, y debe ser celebrado como tal. Desde una postura de gratitud, espero con las manos abiertas más obsequios enviados por mi pequeño milagro, mi Dari.